Hoy es Domingo y hemos decidido hacer la excursión reina de
las vacaciones: el Mont Saint Michel. Haciendo caso de las recomendaciones de
evitar horas punta, y con la intención de ver el fenómeno de la marea alta
(hemos hecho cuadrar los días para coincidir con la marea más alta del mes),
haremos la visita por la tarde-noche.
Aprovechamos la mañana para visitar la ciudad corsaria de
Saint Malo. Esta es una ciudad con puerto desde la época de los galos y los
romanos, que durante toda la historia ha tenido una gran tradición marinera. Su
desarrollo principal vino a consecuencia de que uno de sus habitantes, Jaques
Cartier, descubriera en el s-XVI el Quebec canadiense. Desde entonces los
armadores locales iniciaron expediciones a la zona y a Terranova lo que empezó
a reportar importantes beneficios a la ciudad. Más tarde, fue también origen y
refugio de piratas y corsarios, algo de lo que sus habitantes estaban
orgullosos. Saint Malo es una ciudad con un fuerte caracter, de hecho fue una
república independiente durante algunos años.
Nosotros llegamos pasado el mediodía, y aquí sí que tenemos
alguna dificultad más para aparcar. Igualmente, conseguimos hacerlo en un
parking al pie de las murallas. provechando la marea baja, vamos caminando
hasta la isla del Fuerte Nacional. En las rocas que en estos momentos lo unen
con el continente aprovechamos para comer los bocatas que hemos traído.



Tras
seguir viendo un rato retroceder las aguas, volvemos a las murallas y
comenzamos a rodearlas por el camino de ronda. La ciudad es bonita y sus vistas
también, y está llena de gente. Cruzamos su centro histórico, y aprovechamos
para tomar un helado y un crepe en una de las creperias/heladerías al pie de
las murallas. Los precios, en un lugar tan turístico, son muy razonables.Acabamos el paseo regresando al coche. Saint Malo es una
ciudad muy bonita, pero le falta algo de encanto de otros pueblos que hemos
visitado. Seguramente tendrá mucho que ver el hecho de que la ciudad fue
reconstruida tras la II Guerra Mundial. Aunque la reconstrucción se hizo "en
estilo", es imposible recuperar el efecto original.



Como vamos sobrados de tiempo, aprovechamos para ir hacia
Saint Michel por la costa, y paramos en el Pointe du Grouin, junto a la famosa
población de Cancale. Como a nosotros las ostras no nos gustan, optamos por no
visitar la población y dar un paseo hasta el cabo. Nos llama mucho la atención
el efecto que se produce en el canal que queda a la derecha del cabo. La marea
empieza a subir, y sopla viento del norte, lo que en el canal genera una
fuertísima corriente que hace que las embarcaciones tengan serios problemas para hacerle frente.
Alguna de motor menos potente, incluso es incapaz de hacerlo y se queda inmóvil
contracorriente hasta que su patrón se rinde y decide virarla. Las barcas son
arrastradas de lado muchos metros cuando esto sucede.



Tras la visita y las fotos de rigor, seguimos ruta hacia
Mont Saint Michel. Entramos en las nuevas zonas de aparcamiento, y al comprobar
las tarifas vemos que si entras a partir de las 19h y te vas antes de las 2 de
la madrugada, la estancia es gratis. Si no, son 11,70€ por todo el día. Miramos
el ticket, y resulta que hemos llegado a las 19h05, así que por 5 minutos nos
ahorramos 12€. Desde el parking, unas navettes gratuitas te acercan al Mont
Saint Michel. La vista es impresionante, pero cuando bajas y caminas los
últimos metros... el sitio realmente merece ser considerado uno de los lugares
más bonitos de Europa.


Al cruzar el portalón de entrada, lo primero que vemos
son las posiciones de defensas de las murallas. Las mismas que antiguamente
estaban ocupadas por los soldados que vigilaban el acceso, hoy están ocupados
por soldados con ametralladoras y antibalas que controlan todos los movimientos
a lo largo de la calle principal. Nosotros decidimos subir a las murallas y
avanzar por allí, disfrutando de las vistas de la bahía (ahora toda arena), a
la espera de la subida de la marea. Pasamos junto a los soldados. Son chavales jóvenes. Muy
jóvenes si tienes en cuenta las ametralladoras que llevan entre manos y lo
cansados que parecen de mantener la posición fija de vigilancia. Están apoyados
por miembros de la Gendarmerie, que suben y bajan, van y vienen. Nosotros los
dejamos atrás, mientras velan por nuestra seguridad, y avanzamos por las
murallas hasta llegar a la torre Este. Ya está llena de gente esperando el
macareo, la primera ola que anuncia la subida de la marea y que barre a su paso
todo lo que encuentra. Así que buscamos una posición que nos permita ver la
bahía y esperamos, sin saber bien bien qué es lo que vamos a ver.


Al cabo de
unos diez minutos, se oye ruido de agua y rápidamente vemos aparecer una ola, ancha,
enorme, rápida, imparable, sin retorno. Poco a poco va cubriendo la arena, y
los espacios entre los canales de agua que había al principio.
Al cabo de cinco
minutos, la fuerza con la que entra el agua es como la de un río caudaloso. En
estos momentos estarán entrando millones de litros de agua por segundo. Cinco
minutos más, y casi todo lo que alcanzas a ver es agua, como si allí siempre
hubiera estado el mar.
Aún así, sabemos que el nivel sigue subiendo y que en cosa
de algo más de media hora la entrada quedará anegada y nosotros aislados en el
monte, así que seguimos recorriendo la muralla hasta llegar a la entrada de la
abadía. Aquí confirmamos los horarios. Las entradas son hasta las 18h, aunque
julio y agosto hay unas entradas nocturnas de 19h30 hasta medianoche.... salvo
el domingo. Así que hoy nos quedamos sin visitar la abadía. Tampoco nos supone
un problema, así tenemos una excusa perfecta para volver mañana. El sitio es
indescriptible, y vale la pena disfrutarlo con calma.
Hacemos la bajada por unos callejones estrechos, paramos en
algunos de los lugares que permite una fantástica vista de la bahía por encima
de los tejados de las casas. Disfrutamos
del ambiente de un decorado que podría haber sido de cartón piedra, pero es
completamente real. Un rato después decidimos darnos prisa en salir para poder
acabar de ver la subida de la marea. Mañana volveremos y seguiremos paseando.
Una vez fuera, somos bastantes los que esperamos hasta ver
cómo el nivel sube, inunda la entrada al pueblo y deja la explanada de entrada
convertida en un carril. Finalmente, ya es noche cerrada cuando la marea llega
a su punto máximo. El tiempo es muy bueno, y no sopla viento, lo que hace que
la marea no se aprecie tan alta y sean pocas las olas que barren por encima del
carril, convirtiendo fugazmente el Mont en una isla.
Tras el espectáculo, cogemos una navette de vuelta al
parking, y de aquí el coche hasta el camping. Llegamos tarde y cenamos en la
caravana, pero hemos disfrutado de una visita excepcional, y sabemos que mañana
volveremos.