martes, 23 de agosto de 2016

Día 7 - El encanto de una fortaleza, Fougeres (19/08/16)

Hoy el día es lluvioso, y la previsión es que lo siga siendo hasta media tarde. Decidimos por lo tanto cambiar el plan previsto (que era pasar el día descansando en el camping) y tras un opíparo desayuno a base de frankfurts, bacon y queso, ponemos rumbo a la villa medieval de Fougeres. Nuestro bien amado navegador tiene la costumbre de ayudarnos a descubrir lugares escondidos, y eso hace en esta ocasión también. A diferencia de otras ocasiones, un día lluvioso, circular sólo con el coche y unas carreteras secundarias estrechas y sinuosas son una buena combinación que nos hace disfrutar de los 30kms que separan Fougeres del camping. Cruzamos pueblos diversos, apartados, pequeños, auténticos, sin turistas, y todos ellos encantadores, con casas de piedra gris, sus porticones típicos, muchos adornados con flores, casi todos con iglesias puntiagudas, algunos con pequeños cementerios que parecen un homenaje a sus "huéspedes". En una ocasión paramos junto a un corral en el que pacen a resguardo de un árbol dos burros enanos y una llama. Descubrimos así una Bretaña bonita, verde, con carácter, casi lánguida bajo un cielo gris que lagrimea llovizna de tanto en tanto.

Tras el bucólico viaje, nos encontramos casi de repente con la imponente muralla de la fortaleza de Fougeres. Aparcamos en un parking gratuito al pie de la muralla. Hasta el momento, no hemos tenido ni un problema de aparcamiento. Se nota que en estas fechas la presencia de turistas ya baja notablemente. Sacamos varias fotos mientras rodeamos la muralla hacia la entrada del castillo.






 Allí, en una encantadora placita frente al portalón de entrada, decidimos entrar a visitarlo pese a la lluvia y a los 22€ (pase familiar) de la entrada. Lo cierto es que el ticket inicialmente parece caro, pero al ver en qué consiste la visita, queda plenamente justificado. Para empezar, a la entrada te entregan una audioguía en castellano, junto con un mapa que indica las localizaciones de cada punto con explicación. Empezamos así una ruta por el interior de la fortaleza (que resulta ser la más grande de Europa) que comienza con las explicaciones arquitectónicas-militares del castillo y una visita del patio de armas.




La lluvia, que hasta ahora aparecía sólo brevemente y de forma ligera, gana en intensidad. Se convierte en la lluvia típica de esta zona, con gotas pequeñas pero en mucha cantidad. El resultado es que, aunque no lo parece, cae una cantidad de agua impresionante. Así que hacemos toda una parte de la visita refugiados bajo nuestros impermeables. Claramente no es la mejor situación, pero también le da un encanto especial a la visita. Recorrer el camino de ronda de la muralla bajo el aguacero te obliga a preguntarte cómo debían ser las rondas de los vigilantes en días así (o peor aún, en noches así). En aquella época, ni habían inventado los cortavientos impermeables ni el GoreTex...








Así las cosas, las torres que visitábamos nos parecen acogedoras y cálidas, pese a las desnudas paredes de piedra. Sólo echamos de menos que las chimeneas tuviesen una pequeña hoguera encendida... En estas torres, unos audiovisuales (sincronizados de alguna forma con las audioguías en castellano) te introducen en la dura historia de esta ciudad, atrapada durante siglos en la frontera entre Bretaña y el reino de Francia, y por tanto terreno de batalla entre ingleses y franceses. Curiosamente, pese a las maravillas de la fortaleza (espilleras, matacanes, barbacanas, etc), en todas las referencias a batallas durante la visita la fortaleza acaba siendo tomada o rendida. Caralt disfruta como el que más con la audioguía y las explicaciones, además de con un juego de preguntas y respuestas que vas encontrando a lo largo de la ruta. 

Lo cierto es que ninguno nos damos cuenta, pero cuando salimos son más de las tres y media. Hoy no hemos traído bocatas, y lógicamente a estas horas en este país, las cocinas están cerradas. Por lo tanto, para delicia de Caralt, acabamos en un McDonalds por segunda vez estas vacaciones.
Después aprovechamos la cercanía de un Leclerc para aprovisionarnos para los próximos días, incluyendo carne para hacer una barbacoa temática con productos de aquí (incluyendo un vinito de Bordeaux, por supuesto!). En este supermercado vemos un sistema curioso: en la entrada un gran mural aloja varias decenas de pistolas lectoras de código de barras portátiles. Tras identificarte con la tarjeta de cliente (nosotros no pudimos hacerlo), se desbloquea una de las pistolas para que te la puedas llevar y te vayas escaneando los artículos que pones en el carro. Tienes como ventaja un descuento adicional del 30% en algunos artículos, al que sólo puedes acceder si estás haciendo la compra con este sistema. A la salida, unas cajas especiales te permiten un paso más rápido. Lo cierto es que no pude ver en detalle cómo funcionaba la caja, pero me dio la impresión de que descargaban de la pistola el contenido del carro y la cajera sólo verificaba que el contenido coincidía. En cualquier caso, si es un sistema que se acaba imponiendo, me veo con la profesión de cajera de supermercado desapareciendo... curioso que lo mismo comentábamos durante la comida, ya que en el McDonalds no había lineas de cajas para hacer el pedido, sino sólo los "kioskos" y una camarera que te llevaba el pedido a la mesa.

De regreso al camping, decido yo la ruta. Esta vez por las carreteras y autovías principales, pero me desvío a propósito para poder vislumbrar el destino principal de este viaje. Ya no llueve y empieza a salir el sol, entre unas nubes bajas y gruesas que pasan veloces. Creo que es un buen momento para ver en el horizonte la inconfundible silueta del Mont Saint Michel. Nos acercamos hasta los parkings de acceso y nos sacamos unas fotos, aunque en ellas no se aprecia la imponente abadía. Recuperamos la ruta y volvemos al camping, ansiosos por el momento en que volvamos a hacer la visita a este singular lugar.




Tras colocar la compra, damos una vuelta por otra de las zonas del camping (es inmenso). Esta vez nos acercamos al castillo y al golf, y descubrimos unos peculiares y encantadores bungalows en lo alto de los árboles. Original forma de pasar unas vacaciones!!

Regresamos por la zona de la entrada, y paramos en la sala de juegos. La insistencia de la Caralt, y el niño que llevamos dentro nos obligan por igual a hacer un par de partidas. Una de ellas, en un fantástico simulador de MotoGP. Es cierto que la sensibilidad de la moto no era buena. Es cierto que tenía poco de simulador y mucho de videojuego. Es cierto que no me empleé a fondo. Pero también es cierto que, por primera vez, mi hija me ganó en una carrera a dos vueltas en el circuito de Qatar. Por 15 milésimas de segundo tras ir a su rebufo y preparar el adelantamiento en la recta de meta. Pero me ganó... Que nadie se preocupe. Aún es pronto. Habrá revancha.

Luego, descartamos cenar en el restaurante francés del camping tras ver la carta,  nos encontramos con que está a punto de empezar el espectáculo nocturno. A Caralt le hace mucha ilusión verlo, así que nos quedamos... curiosamente consiste en una proyección en pantalla gigante de una película de Indiana Jones (en inglés, subtitulada en francés) rodada en el camping por la gente de animación del camping. Cuando la historia está en su punto culminante, la proyección termina súbitamente y aparecen a nuestro lado los actores de carne y hueso que continúan la acción en una de las zonas de piscinas, donde tiene lugar el desenlace entre efectos de fuego, luz y sonido, para acabar el espectáculo con un castillo de fuegos artificiales.


Tras el espectáculo volvemos a la caravana a cenar. Hemos pasado bastante frío, así que Mónica prepara una sopa en un momento que nos sabe a gloria. Son casi las doce cuando cenamos, pero ya hemos decidido que mañana nos tomaremos "el día libre", así que no tenemos prisa ninguna.

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