Hoy el día es lluvioso, y la previsión es que lo siga siendo
hasta media tarde. Decidimos por lo tanto cambiar el plan previsto (que era
pasar el día descansando en el camping) y tras un opíparo desayuno a base de
frankfurts, bacon y queso, ponemos rumbo a la villa medieval de Fougeres.
Nuestro bien amado navegador tiene la costumbre de ayudarnos a descubrir lugares
escondidos, y eso hace en esta ocasión también. A diferencia de otras
ocasiones, un día lluvioso, circular sólo con el coche y unas carreteras secundarias
estrechas y sinuosas son una buena combinación que nos hace disfrutar de los
30kms que separan Fougeres del camping. Cruzamos pueblos diversos, apartados,
pequeños, auténticos, sin turistas, y todos ellos encantadores, con casas de
piedra gris, sus porticones típicos, muchos adornados con flores, casi todos
con iglesias puntiagudas, algunos con pequeños cementerios que parecen un
homenaje a sus "huéspedes". En una ocasión paramos junto a un corral
en el que pacen a resguardo de un árbol dos burros enanos y una llama.
Descubrimos así una Bretaña bonita, verde, con carácter, casi lánguida bajo un
cielo gris que lagrimea llovizna de tanto en tanto.
Tras el bucólico viaje, nos encontramos casi de repente con
la imponente muralla de la fortaleza de Fougeres. Aparcamos en un parking
gratuito al pie de la muralla. Hasta el momento, no hemos tenido ni un problema
de aparcamiento. Se nota que en estas fechas la presencia de turistas ya baja
notablemente. Sacamos varias fotos mientras rodeamos la muralla hacia la
entrada del castillo.
Allí, en una encantadora placita frente al portalón de
entrada, decidimos entrar a visitarlo pese a la lluvia y a los 22€ (pase
familiar) de la entrada. Lo cierto es que el ticket inicialmente parece caro, pero al
ver en qué consiste la visita, queda plenamente justificado. Para empezar, a la
entrada te entregan una audioguía en castellano, junto con un mapa que indica
las localizaciones de cada punto con explicación. Empezamos así una ruta por el
interior de la fortaleza (que resulta ser la más grande de Europa) que comienza
con las explicaciones arquitectónicas-militares del castillo y una visita del
patio de armas.
La lluvia, que hasta ahora aparecía sólo brevemente y de
forma ligera, gana en intensidad. Se convierte en la lluvia típica de esta
zona, con gotas pequeñas pero en mucha cantidad. El resultado es que, aunque no
lo parece, cae una cantidad de agua impresionante. Así que hacemos toda una
parte de la visita refugiados bajo nuestros impermeables. Claramente no es la
mejor situación, pero también le da un encanto especial a la visita. Recorrer
el camino de ronda de la muralla bajo el aguacero te obliga a preguntarte cómo
debían ser las rondas de los vigilantes en días así (o peor aún, en noches
así). En aquella época, ni habían inventado los cortavientos impermeables ni el
GoreTex...
Así las cosas, las torres que visitábamos nos parecen
acogedoras y cálidas, pese a las desnudas paredes de piedra. Sólo echamos de
menos que las chimeneas tuviesen una pequeña hoguera encendida... En estas
torres, unos audiovisuales (sincronizados de alguna forma con las audioguías en
castellano) te introducen en la dura historia de esta ciudad, atrapada durante
siglos en la frontera entre Bretaña y el reino de Francia, y por tanto terreno
de batalla entre ingleses y franceses. Curiosamente, pese a las maravillas de
la fortaleza (espilleras, matacanes, barbacanas, etc), en todas las referencias
a batallas durante la visita la fortaleza acaba siendo tomada o rendida. Caralt
disfruta como el que más con la audioguía y las explicaciones, además de con un
juego de preguntas y respuestas que vas encontrando a lo largo de la ruta.
Lo cierto es que ninguno nos damos cuenta, pero cuando
salimos son más de las tres y media. Hoy no hemos traído bocatas, y lógicamente
a estas horas en este país, las cocinas están cerradas. Por lo tanto, para
delicia de Caralt, acabamos en un McDonalds por segunda vez estas vacaciones.
Después aprovechamos la cercanía de un Leclerc para
aprovisionarnos para los próximos días, incluyendo carne para hacer una
barbacoa temática con productos de aquí (incluyendo un vinito de Bordeaux, por
supuesto!). En este supermercado vemos un sistema curioso: en la entrada un
gran mural aloja varias decenas de pistolas lectoras de código de barras
portátiles. Tras identificarte con la tarjeta de cliente (nosotros no pudimos
hacerlo), se desbloquea una de las pistolas para que te la puedas llevar y te
vayas escaneando los artículos que pones en el carro. Tienes como ventaja un
descuento adicional del 30% en algunos artículos, al que sólo puedes acceder si
estás haciendo la compra con este sistema. A la salida, unas cajas especiales
te permiten un paso más rápido. Lo cierto es que no pude ver en detalle cómo
funcionaba la caja, pero me dio la impresión de que descargaban de la pistola
el contenido del carro y la cajera sólo verificaba que el contenido coincidía.
En cualquier caso, si es un sistema que se acaba imponiendo, me veo con la
profesión de cajera de supermercado desapareciendo... curioso que lo mismo
comentábamos durante la comida, ya que en el McDonalds no había lineas de cajas
para hacer el pedido, sino sólo los "kioskos" y una camarera que te
llevaba el pedido a la mesa.
De regreso al camping, decido yo la ruta. Esta vez por las
carreteras y autovías principales, pero me desvío a propósito para poder
vislumbrar el destino principal de este viaje. Ya no llueve y empieza a salir
el sol, entre unas nubes bajas y gruesas que pasan veloces. Creo que es un buen
momento para ver en el horizonte la inconfundible silueta del Mont Saint
Michel. Nos acercamos hasta los parkings de acceso y nos sacamos unas fotos,
aunque en ellas no se aprecia la imponente abadía. Recuperamos la ruta y
volvemos al camping, ansiosos por el momento en que volvamos a hacer la visita
a este singular lugar.
Tras colocar la compra, damos una vuelta por otra de las
zonas del camping (es inmenso). Esta vez nos acercamos al castillo y al golf, y
descubrimos unos peculiares y encantadores bungalows en lo alto de los árboles.
Original forma de pasar unas vacaciones!!
Regresamos por la zona de la entrada, y paramos en la sala
de juegos. La insistencia de la Caralt, y el niño que llevamos dentro nos
obligan por igual a hacer un par de partidas. Una de ellas, en un fantástico
simulador de MotoGP. Es cierto que la sensibilidad de la moto no era buena. Es
cierto que tenía poco de simulador y mucho de videojuego. Es cierto que no me
empleé a fondo. Pero también es cierto que, por primera vez, mi hija me ganó en
una carrera a dos vueltas en el circuito de Qatar. Por 15 milésimas de segundo
tras ir a su rebufo y preparar el adelantamiento en la recta de meta. Pero me
ganó... Que nadie se preocupe. Aún es pronto. Habrá revancha.
Luego, descartamos cenar en el restaurante francés del
camping tras ver la carta, nos
encontramos con que está a punto de empezar el espectáculo nocturno. A Caralt
le hace mucha ilusión verlo, así que nos quedamos... curiosamente consiste en
una proyección en pantalla gigante de una película de Indiana Jones (en inglés,
subtitulada en francés) rodada en el camping por la gente de animación del
camping. Cuando la historia está en su punto culminante, la proyección termina
súbitamente y aparecen a nuestro lado los actores de carne y hueso que
continúan la acción en una de las zonas de piscinas, donde tiene lugar el
desenlace entre efectos de fuego, luz y sonido, para acabar el espectáculo con
un castillo de fuegos artificiales.
Tras el espectáculo volvemos a la caravana a cenar. Hemos
pasado bastante frío, así que Mónica prepara una sopa en un momento que nos
sabe a gloria. Son casi las doce cuando cenamos, pero ya hemos decidido que
mañana nos tomaremos "el día libre", así que no tenemos prisa
ninguna.












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