miércoles, 31 de agosto de 2016

Día 10 - La Abadía del Mont Saint Michel (22/08/16)

Hoy planteamos el día tranquilo, con una mañana dedicada al descanso en el camping. En el caso de la peque eso ha significado que durante el desayuno hemos repasado todas las actividades posibles hasta que se ha decidido por el parque vertical. Tras la preceptiva reserva (y por supuesto el pago, que aquí casi todas las actividades son con extra coste), nos dan hora a la una. Por primera vez, la han puesto en el circuito normal (no en el infantil), aunque ha elegido los circuitos fáciles. Aún así, algunos de los pasos no estaban nada mal para una niña de 8 años.





Después de comer nos hemos dado un rato de piscina y toboganes, y sobre las seis y media nos hemos ido al Mont Saint Michel. Hoy hemos subido tranquilamente por la calle principal y hemos entrado en la abadía.




La entrada nocturna implica un espectáculo de luz y sonido que, aunque no permite visitar el 100% del circuito de la mañana, permite una atmósfera especial y una tranquilidad que lógicamente no encontraríamos una mañana de agosto. Hasta la peque se ha inmerso en el fantástico mundo de unos monjes que vivían en un entorno incomparable. Además, desde el patio Oeste de la iglesia hemos visto el macareo (ayer lo vimos por el lado este), y hemos disfrutado de la puesta de sol.







 El interés de la visita va en aumento a medida que vas subiendo por la abadía. Realmente es una obra arquitectónica incomparable en la que se funden las estructuras de piedra con la roca sobre la que se asienta la abadía.







Para mí, el lugar sublime es el claustro, precioso, amplio, luminoso, lleno de verdor, aéreo (aparenta estar muy cerca ya del pináculo donde se erige la estatua del Arcangel Miguel) y con unos miradores espectaculares al oeste, justo donde en estos momentos se pone el sol. Un lugar y una atmósfera impresionantes.







Sin duda, ni las palabras ni las fotos hacen justicia al lugar ni a las impresiones que provoca. Lo siento, pero sólo os queda visitarlo vosotros mismos. Eso sí, a poco que podáis buscad un momento con poca gente... se disfruta infinitamente más. Acabamos la visita tranquilamente, y volvemos (ya de noche) a través de los pequeños jardines de la abadía hacia el pueblo.





Lo cruzamos saboreándolo, lentamente, casi solos por las calles, sabiendo que son los últimos minutos de la visita (en la abadía hemos estado unas dos horas) y al salir por la puerta de acceso nos encontramos que ya ha llegado el agua. Con la tranquilidad y el disfrute de la visita se nos ha olvidado que hoy la marea es menor que ayer, pero que también cortará el acceso. Tenemos suerte y la portezuela de la derecha aún está a salvo, pero en el tiempo en que tardamos en sacar algunas fotos el agua llega. Caralt (se moría de ganas de hacerlo) se descalza para salir chapoteando. En realidad aún sólo hay tres o cuatro dedos de agua, pero nos da la última "curiosidad" de la visita.




De regreso a la navette, no podemos evitar darnos la vuelta una y mil veces y sacar fotos constantemente, aún sabiendo que no son capaces de reflejar la grandiosidad del lugar. La Bretaña es una región muy bonita, pero aunque fuera un desierto yermo valdría la pena cruzarlo para visitar el Mont Saint Michel. Sin duda, merece por sí sólo ser el destino de unas vacaciones.


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